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Página 2 de 3 Capítulo II
El año cero
Salvo excepciones, los niños en su etapa de colegial han hecho el experimento de criar una plantita. Ponen un poroto sobre un algodón húmedo y así lo mantienen hasta que el porotito deja salir, por uno de sus extremos un verde brotecito que apunta hacia el cielo, para buscar la luz y, otro que en dirección opuesta busca apoyo y alimentación. Pero para que se produjera esa explosión natural que permite la vida de una nueva planta, se necesitó un trabajo previo. Conseguir un poroto y una mota de algodón, un vaso para introducir aquellos elementos, agua para alimentar el poroto y esperar, es decir, el tiempo necesario para la gestación.
Del mismo modo, la fundación o creación de una institución, tiene invariablemente una fecha de comienzo, pero, para que esto suceda y desde luego sea exitoso se necesita una idea y un trabajo previo. Y para que exista una idea se necesita un ser humano. Una persona que basándose en conocimientos, experiencias y visión de futuro, haga surgir la genial idea de fundar un Cuerpo de Bomberos, en una comunidad, que excepcionalmente crecía explosivamente. Esa persona en nuestra historia se llamó Alberto Ried Silva.
Cualesquiera que sean las creencias espirituales del lector, o ninguna, existen hechos que parecen predestinados a que sucedan de la forma como la historia los relata después. Frases como “estaba escrito” o “era el destino” las han pronunciado todos alguna vez, refiriéndose a hechos que no pudieron ser de otra manera, sino que, tal como hoy los conocemos. Algo de aquello hay en nuestra historia, porque Alberto Ried pudo haberse radicado en Valparaíso, por allí llegó su sangre paterna. O en Santiago donde vivía la gran familia, por parte materna. Viajó por el mundo, Norteamérica y Europa, de donde por distintas razones, fortuitas, obligadas o planificadas siempre volvió. Su familia, con grandes casas, conspicuos e influyentes amigos y relaciones en el centro de la ciudad y sobre todo cerca de su 5ª Compañía, a la cual pertenecía al igual que algunos familiares, se vino a vivir a la tranquila y casi soñolienta Ñuñoa, porque aquí encontró la calma que requería el desarrollo de su intelectualidad y la práctica de la veta artística que llenaron su vida, junto a los bomberos voluntarios. Así lo quiso el destino.
Elaborar una reseña histórica de nuestra institución, cuando su fundador fue un destacado escritor nacional, además de otras habilidades artísticas, es un alivio significativo y hace este trabajo más fácil, para sus responsables. La etapa de gestación de una institución, que habitualmente es la más difícil debido a que no existe documentación registrada, en esta oportunidad no ha sido así y dejaremos que él mismo relate este importante período tomado de su libro “El llamado del Fuego”.
Habitaba yo en 1933 una pequeña casa en la calle San Gregorio (hoy Dublé Almeyda) muy próxima a la avenida Exequiel Fernández en Ñuñoa y eran mis vecinos y amigos, Domingo Morales Reveco y Osvaldo Larraín Larrañaga.
Una noche inquietante, que lo fue aquella del 24 de abril de ese año, el fulgor de una hoguera iluminó los contornos de mi residencia. Las llamas habían prendido violentamente en la esquina de la Avenida José Domingo Cañas con Exequiel Fernández y el resplandor ígneo había puesto en estado de alarma a todos los habitantes del barrio.
Un almacén de menestras, instalado en la planta baja de un edificio de dos pisos de adobes y tabiques, incendiábase, mientras su dueño, gravemente lesionado, yacía tendido sobre la acera de enfrente.
El fuego avanzaba con inusitada rapidez y las casas vecinas comenzaban a ser presa de las llamas, cuando llegaron dos Compañías de Bomberos de Santiago, las cuales se vieron obligadas a efectuar un trabajo de defensa dificultoso, logrando a la postre, extinguir la hoguera que había afectado parcialmente dos construcciones vecinas.
Al albor de aquel otoñal amanecer, integrado bajo el alero de mi hogar, un pensamiento pertinaz iluminó mi cerebro, trazando en lo intangible, el aforismo que un gran escritor francés, Ernesto Renán, había creado y que escuche en mi subconsciencia, cuando me dijo: Que la imaginación era la facultad que dibujaba, modelaba y daba colorido a nuestras ideas; que era la intermediaria indispensable entre el pensamiento, el deseo y la realización. Y entonces, Balbina, mi compañera, fue quien escuchó de mis labios las primeras palabras de esta concepción: -“Mujer, le dije, voy a fundar en la Comuna de Ñuñoa, un Cuerpo de Bomberos Voluntarios que, con el correr del tiempo, prestará incalculables servicios a la población y al Cuerpo de Bomberos de Santiago, llegando a ser un ejemplo de eficiencia y disciplina.”
Y ese día salí a la calle, iluminado por estas ficciones; y fueron mis primeros confidentes los vecinos ya nombrados, quienes escucharon el planeamiento de mis proyectos.
De este modo, ante el deseo de una pronta realización y antes de echar las bases de esta imaginaria entidad, fui designando a Domingo Morales Reveco como primer Tesorero General; a Osvaldo Larraín Larrañaga, (ex voluntario de la Quinta de Santiago) como Segundo Comandante; a mi otro vecino, ex compañero del Liceo de Aplicación, Carlos Prado Martínez, como Secretario General, y así, sucesivamente a toda una plana mayor, la cual un mes más tarde, vióse en pleno ejercicio de sus funciones.
Pero no estaría nada de todo esto resuelto ni oficializado, si así puede decirse, sin que antes consultara yo a mi amigo Alfredo Santa María Sánchez, a la sazón Comandante del Cuerpo de Bomberos de Santiago, para lo cual resolví apersonarme al prestigioso y dinámico jefe, sosteniendo con él, dos o tres días después, un diálogo que habría de pasar, en letras caligrafiadas, al historial de nuestra naciente institución. Al amparo de la efigie de su ilustre abuelo, don Domingo Santa María, Presidente de Chile, y su padre, el insigne voluntario de la 5ª don Ignacio, mi amigo escuchó atentamente el relato que le hice, relacionado con el incendio de la Avenida Cañas, para interrogarme con decisión:
- ¿Y cuáles son tus ideas al respecto? – a lo cual repuse: - Pues, simplemente fundar un cuerpo de bomberos autónomo, que será con el tiempo, la base de otros que podrían formar una preciosa reserva en contorno al gran Santiago.
Ante mis explicaciones, Alfredo Santa María púsose de pie junto a su escritorio y, estrechándome la mano replicó: - “Estas cosas se hacen en el acto; cuenta conmigo incondicionalmente, hombre. Procede de inmediato, porque has de saber que el mayor de los dolores de cabeza que sufro como Comandante, lo provoca justamente la atención de los incendios que se producen en la Comuna de Ñuñoa, verdadera cuidad satélite que no cuenta con servicio alguno contra incendios.” Y pasando de la palabra a la acción, púsose en contacto con Enrique Pinaud, quien conversó telefónicamente con nosotros, confirmando la noticia de que se podía contar con una bomba automóvil marca “Thirion”, montada sobre un chassis Owen-Magnetic y la cual se hallaba en los talleres de Gustavo Neveu (padre).
Así las cosas, pocos días después visité al Alcalde de la Comuna, don Joaquín Santa Cruz Ossa, a quien expuse mis proyectos.
Sabido es lo que ocurrió en esta entrevista, ya que yo mismo me encargué de relatar esta escena, inscribiéndola en un pergamino que ostenta un billete de cinco pesos y que se conserva en el cuartel de la Primera Compañía de Ñuñoa.
El escrupuloso funcionario municipal hízome algunas preguntas que, en términos generales, se refirieron sustancialmente a la cuestión fondos que se necesitarían para llevar a cabo mis propósitos.
Por fin, ante mis explicaciones convincentes, resolvió autorizarme para que invitara a una reunión en su oficina, a vecinos de la Comuna, con el objeto de echar las bases de la nueva institución. Y el 27 de mayo de 1933 logramos reunir a un grupo de personas que aquella tarde, extremadamente lluviosa, firmaron el acta constitutiva de la fundación del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa, cuyo texto es el siguiente:
Acta de Fundación del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa
Los vecinos de la Comuna de Ñuñoa que suscriben, reunidos en la sala de la Alcaldía, el 27 de mayo de 1933, a invitación del señor Alberto Ried Silva se constituyeron en comité para considerar la situación de la Comuna ante la carencia de un servicio de bomberos cuya necesidad se hace imprescindible por el rápido y creciente aumento de la población de la localidad. Considerando que a pesar de la innegable buena voluntad y espíritu de sacrificio del Cuerpo de Bomberos de Santiago, los siniestros que ocurren dentro del radio de la Comuna adquieren proporciones considerables con evidente peligro de la vida y propiedad de los vecinos, los firmantes acuerdan:
- Fundar el servicio de Bomberos Voluntarios de la Comuna de Ñuñoa, a cuyo efecto los asistentes se comprometen solemnemente a prestar el contingente de su cooperación personal, inscribiéndose desde luego, como voluntarios fundadores del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Ñuñoa.
- Nombrar el siguiente Directorio Provisorio por el término de seis meses:
Superintendente: Sr. Joaquín Santa Cruz Ossa. Vicesuperintendente: Sr. Carlos Silva Vildósola. Directores: Dr. Alejandro González Escobar; señores Jorge Costadoat Bergoing; Luis Espinoza Garcés y Pedro González. Comandante: Sr. Alberto Ried Silva. Segundo Comandante: Sr. Osvaldo Larraín Larrañaga. Secretario General: Sr. Carlos Prado Martínez. Tesorero General: Sr. Domingo Morales Reveco. Capitán: Sr. Eduardo Gibbons Hardie. Teniente 1º: Sr. Carlos Larraín Torres. Teniente 2º: Sr. Augusto Baudet Rojas. Ayudante: Sr. Horacio Ried Carrera. Maquinista: Sr. Oscar Achondo Godoy.
Este Directorio Provisorio tendrá a su cargo, con amplios poderes, la organización del Cuerpo, la Adquisición de todos los materiales necesarios, la confección de los reglamentos y demás trámites conducentes.
- Dar el nombre de “Luis Kappes” a la primera bomba con que cuente el Cuerpo, en atención a los eminentes servicios prestados a los cuerpos de bomberos de la República, por el actual superintendente del Cuerpo de Bomberos de Santiago, señor Luis Kappes, quien se ha hecho acreedor a este homenaje por la eficaz y entusiasta cooperación que en todo momento ha otorgado al iniciador de este movimiento, en beneficio de la Comuna, señor Alberto Ried Silva.
En Ñuñoa, a 27 días del mes de mayo de 1933.”
Y un paréntesis auspicioso: Al llevarle a Carlos Silva Vildósola el libro de actas definitivo, en que aparecía la fundación, henchido de espíritu publico, rubricó su nombre y exclamó: - “Ried, este es el honor más grande que se me ha conferido en mi vida”.
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Al revisar la constitución del primer Directorio del recién nacido Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Ñuñoa, se puede apreciar que en su formación se encuentran oficiales generales y de Compañía juntos, es decir que su funcionamiento durante los primeros seis meses, fue del tipo Cuerpo-Compañía. Ahora bien, la presencia de oficiales de tipo Compañía, demuestra que existió una Compañía “sin número” hasta noviembre de 1933, para desarrollar el trabajo bomberíl. Y en cuanto al funcionamiento, tenían una dependencia directa de las autoridades del Cuerpo, debido principalmente, a que no tenía un Director. Por otra parte, para tener un Directorio más completo y, a falta de una dotación de Compañías funcionalmente independientes, como seguramente observaban en el Cuerpo de Bomberos de Santiago, se nombraron en su reemplazo cuatro voluntarios con el rango de Directores, “sin Compañía”. La cantidad de cuatro Directores probablemente obedeció, a la idea de mantener un número impar de integrantes del Directorio, para evitar conscientemente, la posibilidad de producir igualdades en la votación de un acuerdo.
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Entre los asistentes conspicuos a aquella lejana y primera reunión, anotaré al doctor Alejandro González Escobar, fundador y cabeza visible de la recientemente creada Asistencia Pública de Ñuñoa. Apareció nuestro amigo, bajo la lluvia torrencial, llevando en sus manos un “papí” o bocina de alarma, del mismo modelo que emplean las bombas de Santiago. Le había sido obsequiada por el doctor Manuel Torres Boonen, para el servicio asistencial de Ñuñoa, pero, en vista del típico sonido, hubo de ser aceptada por nosotros, siendo éste el primer material con que contamos.
Releída el acta, cuyo original se conserva en las oficinas del Directorio, cúpome observar algo que ahora destaco curiosamente: De las trescientas invitaciones mimeografiadas que envié, por mi cuenta y riesgo, a otros tantos vecinos y conocidos, sólo treinta y ocho concurrieron a aquella cita. Era evidente que cierta desconfianza ahuyentó a muchos incrédulos, concurriendo, en cambio, ciudadanos que ni habían recibido mi difundida convocatoria.
Y otro paréntesis, esta vez maliciosa. Durante esos días iniciales de gestación, el cartero entregóme un sobre, dentro del cual venía un pequeño trozo de papel en que, escrito a máquina, se leía el siguiente cuarteto anónimo:
“Es cosa que hace pensar que todo progreso humano se deba al esfuerzo vano de un hombre loco de atar…”
Iniciadas nuestras actividades, el doctor Alejandro González, en gesto espontáneo y meritorio, autorizó la ocupación de un local en el segundo piso del edificio de la Asistencia Pública Municipal de Ñuñoa, y fue allí donde, sin mueblaje ni luz eléctrica ni nada, instalamos nuestro desapercibido y paupérrimo campo de operaciones. Mediante el cobro de voluntarias cuotas de los firmantes de esta primera lista, adquirimos algunas sillas baratas en una agencia, y una mesa (La mesa aludida fue donada por la esposa de don Alberto y hasta ahora presta sus servicios a la Segunda Compañía ñuñoína), y allí, muchas veces iluminados por un candelabro, iniciamos nuestra colectiva labor constructiva. A fin de aprovechar cualquier circunstancia favorable, que abreviara o simplificara el trabajo oficinesco, copiamos los reglamentos del Cuerpo de Bomberos de Santiago, adaptándolos a nuestros usos y costumbres. Otro día subrayado en el recuerdo, fue aquel que hallándome solo en nuestro desmantelado e inhóspito reducto, presentóse ante mí un muchacho, quien solicitó un formulario de incorporación, diciéndome llamarse Mario González Pizarro. Al interrogarlo sobre su edad y al responderme que tenía 17 años, díjele que nuestros reglamentos establecían la edad de 18, como mínima para ser admitido, y que, por lo tanto, si él insistía, iba a ser necesario aportara la autorización paterna para hacer una excepción. Al día siguiente, Mario González Pizarro, nuestro entusiasta colaborador, más tarde nuestro Comandante y Director Honorario, trajo la solicitud con la paterna autorización, cuyo documento debería ser colocado en sitio de honor en alguno de los muros de nuestro cuartel.
En tal precaria situación correspondió al naciente cuerpo, el primer incendio, que ocurrió en la Chacra Valparaíso, la noche de San Ramón(31 de agosto de 1933). Al llamado telefónico acudimos una quincena de hombres, desprovistos de cotonas, pero sí provistos de nuestro clásico “calot” o gorro de paño, copiado del que usan los zapadores bomberos de París. Al llegar al sitio en llamas, dos Compañías de Santiago, al mando del Comandante Santa María, armaban su material, mientras con gran sorpresa de mi parte, este jefe inigualado, me ordenaba que sólo los voluntarios de Ñuñoa debieran tomar los pitones. Y así se hizo con gran contentamiento de todos. Era la solidaridad que primaba, sobre todo otro concepto egoísta de jerarquía.
Fue éste nuestro bautismo de fuego.
Terminado el trabajo, don Ramón Cruz Montt, dueño de las bodegas y del santo que festejaba, invitó a su casa, en donde hizo de agradecido anfitrión.
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