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Home - Compañías - Noticias - Contacto - WebMail Ñuñoa, 31 de Julio de 2010

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Historia PDF Imprimir E-mail
04.01.2006
Índice
Historia
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A poco de este primer siniestro, Pedro Vial González, ex voluntario de la fenecida Undécima de Santiago, Heberto Valencia Guevara y Jorge Vélez Olivares, habíanse incorporado a esa compañía sin número, que hacía ejercicios de infantería en el patio de la Asistencia Pública Municipal, bajo las órdenes del ex oficial de ejército y fundador, (prematuramente fallecido) Alberto Ried Morales. Nuestra íntima colaboración con este núcleo de compañeros, reflejóse pronto, al efectuar las primeras adquisiciones de material. Y fue entonces como Pedro Vial y yo, compramos mangueras, con garantía de nuestra propia y endeble solvencia, a crédito ilimitado, en la casa comercial de nuestros buenos y generosos amigos alemanes “Gecko”, quienes confiaron en nuestro futuro. Así también se fue completando la dotación de cotonas de cuero, cascos y todo cuanto fue necesario para el servicio.
Otro día cualquiera, un nuevo personaje entró en escena. El recuerdo de que don Pedro Torres, Presidente del Banco de Chile y acaudalado propietario ñuñoíno, hubiese sido en sus mocedades, voluntario de la 5ª Compañía de Santiago, hízome llegar hasta su palacio de la Avenida Yrarrázaval, en demanda de su apoyo pecuniario. “Sí, Ried”, díjome sonriente. “Fui compañero de su padre y guardo de aquellos tiempos muy gratos recuerdos. Ahora viene usted a pedirme algo y le diré que sólo puedo regalarles un automóvil Minerva, que traje hace algún tiempo de Europa y que se encuentra guardado en un box en la calle San Gregorio. ” Y pasándome una llave prosiguió: “Vaya usted a buscarlo que de algo puede servirles, aun cuando es un modelo sin válvulas, que poco se ha conocido en Chile, siendo fabricado en Bélgica.” Sin pérdida de tiempo, con ayuda de nuestro primer cuartelero Sergio Giménez, abrimos el box y descubrimos el artefacto, cuyos neumáticos, aplanados por falta de aire, hubo necesidad de poner en condiciones de servicio, mediante vulcanizaciones varias y parches también varios. Así llegó a nuestro provisorio cuartel de la Asistencia Pública y así también comenzó a prestar sus servicios como furgón auxiliar, sobre el cual se colocaron escalas construidas por obra y gracia del cuartelero Giménez.

El 17 de septiembre de 1933 tuvo lugar el primer ejercicio y el que esto escribe creyó útil dirigir a los voluntarios las siguientes palabras que ahora intentan verse perpetuadas en estas páginas.

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Alberto Ried Silva
“Compañeros:
El desenvolvimiento del espíritu de Cuerpo, ha nacido entre nosotros con caracteres inusitados de entusiasmo y vigor. Este hecho, afortunadamente consumado, me da la ocasión de exponer ante vosotros, algunos conceptos breves que han de induciros a meditar en lo que significa ser un buen voluntario.

Primeramente, para ser buen bombero se requiere una base muy sólida de esfuerzo físico y de voluntad a toda prueba, unido esto a un alto espíritu de sacrificio y hondo sentido de la responsabilidad. Sin este sentido, el esfuerzo material resulta vano, ya que, fácilmente degenera en un simple entretenimiento, sin objetivo altruista alguno. La acción ha de ser, por lo tanto, consciente y severa para que sea fructífera.

Es necesario que los hombres que prestan sus servicios a un cuerpo de bomberos o compañía de bomberos voluntarios, sean ante todo: Generoso, nobles, honrados, francos, abnegados y de una conducta irreprochable.

Sin cualquiera de estas condiciones o virtudes, los individuos se eliminan por sí solos. Elimínanse de esta manera los egoístas o aquellos que toman nuestro oficio como un simple pasatiempo; los que suelen sonreír burlescamente ante las diversas manifestaciones espontáneas del alma bomberíl que, al ser sincera y verídica, ha de poseer la pureza del hombre sano de espíritu, del adolescente, o del niño que desconoce la maldad y que todo lo encuentra bueno y amable. Elimínanse, a su vez, automáticamente los hombres cómodos o indiferentes; aquellos para quienes la vida no es ni siquiera un sacrificio nimio en pro de los demás.
Mi larga experiencia en las filas del Cuerpo de Bomberos me ha enseñado que lo primordial para acrecentar el espíritu de cuerpo, es el bien entendido compañerismo. Esta virtud crea la cooperación inalterable y absoluta. “Uno para todos y todos para uno”, he aquí un arcaico aforismo que debe palpitar en el corazón de todo buen bombero.

No pueden ser buenos bomberos los que todo lo critican y nada aportan ni construyen. Por esta sola razón se declaran tácitamente excluidos como enemigos de la cooperación que es el éxito.

Son buenos bomberos, en cambio, los que acatan las órdenes o ideas emanadas de quienes han sabido apreciar muy de cerca, en carnes propias, y con todo su rigor, los afanes y riesgos inherentes a nuestra profesión.

De niño ingresé a la 5ª Compañía de Santiago, porque mi padre me condujo de la mano como quien conduce a un alumno a incorporarse en la mejor escuela de civismo, hombría de bien y caballerosidad.

Años más tarde, lejos de mi patria, durante un ciclón furioso, en medio del océano; en ciudad extranjera, hostil e inhospitalaria; en cada momento difícil de mi existencia y, ¿por qué no decirlo? Hasta en jornadas de hambre y desamparo; en horas de angustia en que hubo necesidad de desplegar supremas energías morales y físicas para no sucumbir, y aún, para infundir ánimo a camaradas artistas, amigos y compatriotas desolados, el sólido timón silencioso, la brújula que guió mi rumbo, fueron las enseñanzas recibidas en las filas bomberiles de mi país.

Estoy plenamente convencido de que es un mérito que nadie podrá jamás borrar ni empañar siquiera, un galardón al coraje en la lucha por la vida, esto de que el individuo, desde niño, crezca y viva entre hermanos valerosos y generosos, cual lo son y han sido siempre los bomberos de Chile. Dirijo a vosotros, jóvenes voluntarios de Ñuñoa, estas palabras paternales con el ánimo de que ellas dejen en cada uno de vosotros alguna huella saludable.

Mañana, cuando empiecen a ralear las filas y desaparezcamos, esta voz de aliento habrá de seguir resonando en las almas juveniles, como un eco sacrosanto que también nosotros hemos escuchado a través de toda nuestra vida, por boca y aliento de nuestros mayores. He dicho.”


Durante este período embrionario de generación espontánea, llegó el 18 de setiembre de 1933. Nuestro cuerpo de bomberos en cierne y con minúscula, al ser invitado por las autoridades a concurrir al Tedéum en la Iglesia Parroquial, hubo de presentarse simplemente provisto de nuestros gorros azules. Formados dentro del Templo, debimos escuchar de boca del señor cura, don Francisco Molina Dahl, un elogioso discurso-sermón, en que patrióticamente ponderó en nosotros la presencia de la “valerosa Milicia Republicana” recientemente organizada por la juventud chilena.
Transcurrida la ceremonia, acerquéme a nuestro amigo eclesiástico a objeto de definir cordialmente nuestra calidad. Al percatarse de mis declaraciones, el bondadoso sacerdote exclamó:

-¡Dios mío! ¿De modo que he metido la pata? ¿Son ustedes los bomberos de Ñuñoa y nada tienen que ver con los milicianos de Eulogio Sánchez Errázuriz? Perdónenme, por favor, que haré acto de constricción… queridos amigos.

Nuestro Cuerpo de Bomberos comenzaba a ser un elemento tangible y útil. En el curso de los dos primeros años de vida, nuestro personal fue requerido o aceptado, con alto espíritu de mutua cooperación, por el Comandante Santa María, para prestar dos veces sus servicios en colaboración con la Comandancia santiaguina; primeramente en el incendio ya descrito de la Chacra Valparaíso, y más tarde pata trabajar durante veinte horas, con material de Santiago, en la gran Libertad, en donde cayó, víctima del deber, el voluntario de la Undécima (de Santiago) Antonio Secchi, el 14 de noviembre de 1933.



Reseña histórica realizada por el
Vol. y Miembro Honorario
Don Hernán Maluenda Salinas



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