Ingresó
a la Segunda Compañía el 4 de diciembre de 1972
después de haber rendido satisfactoriamente el curso de
aspirantes, destacándose por su alto espíritu de
cooperación, lo que lo llevó a ser elegido Prosecretario
a los pocos meses.
Su carácter era siempre alegre y no le
tenía miedo a la muerte ya que desde pequeño participaba
en carrera de autos Gokart. Sin embargo, en varias ocasiones,
al mirar la piedra de homenaje a los mártires exclamaba
con un dejo de excitación: "Yo voy a estar ahí".
Era un muchacho tranquilo, sin vicios y muy enamorado
de su polola con la cual hacía una muy buena pareja. Pocos
días antes de su muerte, se había incorporado a
la Guardia Nocturna y una noche llegó muy contento con
unas medias de lana que Marisol le había tejido para que
no se le enfriaran los pies al concurrir a los Llamados. Una de
estas medias quedó tirada en la Sala de Máquinas
esa fatídica noche en que Jorge fue aprisionado por su
destino, mudo testigo del dolor de los voluntarios, de sus padres
y de su polola.
"En las dependencias de la Guardia Nocturna
estábamos conversando dos Voluntarios. Eran como las 10
de la noche y nada hacía presagiar lo que ocurriría
horas más tarde. Jorge ya se había acostado y yo
había estado trabajando en la Ayudantía.
Después de un rato de amena charla, me
dispuse a ir a mi casa a comer y le dije: "Voy y vuelvo,
quedas a cargo de la Compañía". Mi casa estaba
a sólo 5 cuadras del Cuartel por lo que no demoraba mucho
en hacer este recorrido todas las noches. Cuando iba de regreso
al Cuartel sentí el sonido de la sirena y apuré
el paso. Al llegar observé las puestas abiertas de la Sala
de Máquinas y en el medio de ella una media negra de lana
que enseguida reconocí como la de Jorge y pensé:
a uno que van a retar cuando llegue con los pies helados.
Las horas siguientes fueron de un hondo pesar,
las informaciones no eran alentadoras y la lenta espera de noticias
afectaba mi mente y daba lugar a la recriminación. ¿Por
qué lo habré dejado solo? Si yo no hubiera ido a
comer esto no habría pasado. ¿Por qué se
bajó del carro si esto lo habíamos conversado tantas
veces?.
El reloj marcaba la 1:03 minutos cuando recibí
la llamada que tanto esperábamos. Jorge estaba muerto.
Su pulmón destrozado interrumpió su hálito
de vida y su espíritu, libre ya de su prisión corporal,
recorrió en un segundo la distancia desde la Posta hacia
el Cuartel y se posó por última vez en la Guardia
Nocturna, donde seis muchachos llorábamos en silencio,
sin comprender aún, lo absurdo de su partida.
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